EL FONTANERO GALÁCTICO (relato)

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Robert Smithson, futbolista, o por mejor decir, estrella del balompié, se desperezó en su cama de sábanas de seda cuando el sol ya estaba bastante alto. Había decidido –hoy también- saltarse el entrenamiento programado por el equipo; la orgía de la noche pasada le había dejado el cuerpo un tanto revuelto y no estaba dispuesto a ponerse a corretear por el césped, por más que su indisciplina le acarreara la imposición, por parte del club, de una multilla (total, uno o dos milloncejos) que su saneada economía podía, sin lugar a ninguna duda, arrostrar con solvencia.

Como no le gustaba que nadie turbase la paz de su domicilio en tales circunstancias, había dado el día libre a todo el servicio, de manera que le sorprendió la contumacia con que alguien oprimía repetidamente el timbre de la entrada. Malhumorado, saltó del lecho, se puso la bata y acudió a la puerta, seguro de que tal insistencia tenía que responder a un asunto verdaderamente serio; sin embargo, cuando abrió se encontró con un hombre bajito, regordete y desaseado, embutido en un mono azul lleno de manchones y portando una desvencijada caja de herramientas.

-Buenos días. El fontanero –dijo el operario, a modo de escueta presentación.

-¿El fonta… fontaneuro..? –balbuceó Smithson en su pésimo castellano.

-Sí, sí, ya sé que hace más de un mes que me llamaron, pero ¿qué quiere? He tenido mucho trabajo –sacó un mugriento papel del bolsillo trasero y lo consultó con parsimonia-; o sea, que se trata de un grifo que gotea, en la cocina, ¿no es eso?

Obviamente, el astro del deporte no estaba al tanto de la logística doméstica. Un tanto malhumorado, franqueó el paso al fontanero y, más con gestos que con palabras, le indicó dónde estaba la cocina y le dio a entender que se buscase la vida, pero que no le importunase. De todas formas, ya estaba bastante despejado, así que se dirigió al salón principal y se preparó un martini. Mientras paladeaba el combinado, hasta él llegaba como un murmullo la sinfonía de martillazos y chirridos producidos en la cocina por el plomero. De pronto, notó cierta humedad en los pies; bajó la vista y descubrió con estupor que el salón estaba inundándose. Siguiendo la procedencia del agua, llegó hasta la cocina, donde el del mono azul se afanaba ya en recoger sus herramientas. Al verle entrar en la pieza, el hombrecillo sacudió la cabeza como con resignación.

-Lo siento, jefe, no ha podido ser. Este grifo no tiene arreglo y, para colmo, al intentar repararlo, ya ve lo que ha pasado –dijo, señalando un boquete en los azulejos del que manaba el agua a borbotones.

-Pero… pero… -comenzó a farfullar Smithson- ¿cómo va a dejarme la casa en este estado?

-Qué quiere, amigo, la fontanería es así… Unas veces se arregla y otras veces no se da con la matadura… Hay que tener paciencia y esperar tiempos mejores. Y, sobre todo, no perder la confianza en la profesión.

El futbolista no conseguía salir de su asombro.

-¡No puede usted marcharse así, por las buenas! ¡Le voy a denunciar, le voy a meter un paqueta!

-Paquete, se dice paquete –corrigió el operario-; bueno, está en su derecho, aquí tiene la factura. Son ciento veinte euros.

-¿Ciento veinte euros por no hacer NADA?

-Hombre… es la tarifa normal. Dese cuenta de que, si llego a reparar la avería, le hubiera costado ciento veinte más, en concepto de prima.

-¡No pienso pagar nada de nada! ¿Usted cree que yo ser tonto?

El plomero esbozó una sonrisa, depositó calmadamente la caja de herramientas en el encharcado suelo y se encaró con el jugador.

-¿Y usted cree que somos tontos nosotros, la afición? Cobráis sueldos multimillonarios, vivís a cuerpo de rey y, cuando se os pide que déis la talla en el campo, falláis estrepitosamente. Luego, toda vuestra justificación es que “el fútbol es así”, que unas veces se gana y otras se pierde, y que hay que mantener la esperanza y ratificar la confianza en el equipo… Para colmo, cuando conseguís meter el pelotón en la red contraria, os falta tiempo para exigir primas astronómicas, como si no estuviérais suficientemente pagados.

Robert Smithson permanecía absorto. El fontanero remató la faena.

-Le parece normal, ¿no? Pues eso es, más o menos, lo que ha pasado hoy aquí. No he podido arreglar nada, así que me tendré que conformar con cobrar la factura pelada, sin extras; nadie puede exigirme resultados, porque yo he “sudado el mono” intentándolo. Precisamente vengo de una casa donde hubo más fortuna y pude instalar cinco grifos: una “manita” –dijo, agitando en el aire una de sus callosas manazas- pero aquí, lo dicho, no ha habido suerte.

Dicho esto, dejó al perplejo deportista con el agua por los tobillos y se dirigió a la salida.

-¡Ah! Se me olvidaba… -voceó ya desde la puerta-; aquí le queda esto, yo ya no lo voy a necesitar más.

Sacó de un bolsillo interior una pequeña tarjeta plastificada y la arrojó con rabia contra el suelo.

El carné del club de fútbol, como un barquito a la deriva, quedó flotando sobre el agua que estaba empezando a echar a perder el parqué.

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