EL GUARDIÁN (microrrelato)

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La luz del amanecer se colaba a duras penas entre las tupidas copas de los castaños de indias, originando aquí y allá, sobre el enlosado del parque, pequeñas isletas luminosas sobre las que flotaban polvorientas y minúsculas partículas de tamo. Hacía ya un rato que los pájaros habían comenzado con su cotidiana algarabía, aún refugiados en sus cálidos y umbrosos nidales, pero ya dispuestos a comenzar el día.

 Fue entonces cuando lo descubrí: sobre uno de los árboles más gruesos y, por tanto, más ancianos del lugar, alguien había grabado, con pericia y minuciosidad de ebanista, un corazón atravesado por una saeta y escoltado a ambos lados por dos grafías –sin duda, los nombres de los amantes- que no pude discernir desde la distancia. Me acerqué, pues, dispuesto a averiguar los patronímicos de tales apasionados, pero el añoso vegetal, tal vez intentando preservar la intimidad de aquellos, descargó sobre mi cabeza, como si de una tormenta de granizo se tratara, un montón de castañas, alojadas en sus correspondientes y puntiagudos erizos, que me hicieron retroceder dolorido.

Mi lado pragmático me decía: es normal, estamos en otoño, pero tal vez, en alguna remota dimensión, el dios de los árboles, protector de los apasionados, estuviera riéndose mucho a mi costa.

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