PIÑÓN LIBRE (revista oficial del Club Ciclista León)

En 2004 comenzó su andadura la revista “Piñón Libre”, órgano impreso oficial del Club Ciclista León, de la que me hice cargo como diseñador y maquetista, además de colaborar en muchos de sus contenidos. Estas son las portadas de los cinco números anuales aparecidos hasta el momento.

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Esta revista vino a sustituir al escueto calendario de recorridos que el Club venía publicando anualmente, y amplió la información de aquel con otros contenidos relativos al mundo del pedal, como historia, medicina deportiva, alimentación, marchas, pruebas, etcétera. En la actualidad, la edición de esta publicación ha sufrido un parón causado por la galopante crisis que  nos invade. Dado su carácter no venal, su pervivencia depende exclusivamente de los anunciantes y otras subvenciones de diversos organismos públicos y privados. Esperamos que no tardando vuelva a estar a disposición tanto de los socios del C.C.L. como del público aficionado en general.

EL NEÓFITO (relato)

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La verdad es que he intentado varias veces comprender las farragosas normas que rigen algunos deportes no muy populares por estos pagos, como el béisbol o el rugby, pero dado que la única forma de acercase a tales prácticas deportivas es a través de la pequeña pantalla, y que los locutores que retransmiten dichos eventos parecen contar ya con que todos los espectadores están al cabo de la calle en cuanto a las reglas del juego, y se limitan a la escueta descripción de la acción, sin entrar en disertaciones didácticas sobre el reglamento aplicado, siempre me quedo finalmente “in albis”.

 Cosa parecida me pasa con el ciclismo, a pesar de que su práctica está más extendida en nuestro país que los deportes anteriormente citados, así que no quise desaprovechar la ocasión de que la Vuelta Ciclista pasase por las cercanías de mi pueblo para situarme a pie de arcén y ver de cerca de qué iba realmente todo aquello.

Cuando llegué a la carretera general, por donde se preveía que discurriera la etapa, ya había muchos aficionados festoneando las cunetas en espera de la aparición en lontananza de los esforzados ciclistas. Uno de ellos, situado a mi derecha y que tenía un transistor pegado a la oreja, comentó que había un trío de corredores fugados. No mucho más tarde, tras un aluvión de automóviles y motocicletas, pasaron veloces ante nosotros los tres ciclistas que mi compañero de arcén identificó como los componentes de la fuga. Me pareció un poco tonto que, si lo que pretendían era fugarse, hubieran optado por seguir por la ruta prevista, en vez de abandonar la carretera y echarse al monte o campo a través. ¡Bonita fuga iba a ser aquella, si todos sabíamos dónde estaban!

Un par de minutos después, un jovencito que se encontraba enfrente de mí, encaramado a una señal de tráfico, anunció con gran alborozo que ya se divisaba el grueso del pelotón. Enseguida pasó ante nosotros un grupo numeroso de ciclistas, pero yo no vi ninguno que llevara un balón o pelota y, desde luego, todos estaban bastante flacos, cosa que, por otra parte, tampoco me extrañó, ya que poco antes un señor de bigote que estaba al lado del que tenía el transistor había dicho que, la noche anterior, los ciclistas habían sido visitados por los vampiros. ¡Cómo no iban a estar tan escuchimizados! Menudo cuerpo tendrían los deportistas al día siguiente, después de tan macabra visita.

Al rato pasó una pareja de ciclistas rezagados. El del bigote comentó que el que marchaba detrás iba chupando rueda, pero, aunque observé que, en efecto, llevaba la lengua fuera, en ningún momento vi que se acercara a lamer el neumático, lo que me hubiera parecido muy arriesgado, además de bastante absurdo y escasamente higiénico. Otro espectador comentó que el corredor en cuestión llevaba mucho desarrollo, pero a mí no me lo pareció; en mi opinión, estaba tan esmirriado como los demás.

El de la radio en la oreja, atento a la evolución de la etapa, nos informó que dos corredores del grupo principal acababan de sufrir una caída por haber hecho el afilador. Esto ya me pareció más acorde con el mundo de los pedales, puesto que yo había visto muchas veces en mi pueblo al afilador, efectivamente montado en bicicleta, pero no dejó de chocarme que viajando en un grupo tan compacto de ciclistas y a la velocidad que iban, dos de ellos se pusieran a tocar la armónica y a vaciar cuchillos y tijeras con el evidente peligro que conllevaría ejercer tales actividades y desatender, por tanto, el manejo de la bicicleta.

En lo alto de la cuesta, justo en el cambio de rasante, había una pancarta cruzada de lado a lado de la carretera. Pregunté al bigotudo si eso era la llegada, pero éste me informó que sólo era una meta volante, aunque la verdad, a pesar del viento que batía la lona, yo no vi que volara en ningún momento.

Al cabo, después de que pasara una profusa caravana de coches, camiones, furgonetas y vehículos de toda índole, observé que el público comenzaba a dispersarse, de lo que deduje que nada quedaba ya por ver allí. El del mostacho y el radioescucha aún permanecieron un rato a la orilla del asfalto, charlando animadamente acerca de las incidencias de la Vuelta. Por lo que les oí, al día siguiente todos los ciclistas tenían una prueba contra el Crono. Yo, dada mi ignorancia en asuntos de este deporte, no supe quién era el tal Crono, aunque por su apellido seguro que era foráneo, pero supuse que tendría que ser un auténtico superdotado, si se atrevía a enfrentarse él solo con todo un batallón de corredores. También comentaron que, dos días más tarde, la etapa sería muy propicia para los escaladores, extremo éste que no dejo tampoco de extrañarme sobremanera: o sea, que, por lo visto, si no tenían bastante con esos atracones de pedaleo que se metían para el cuerpo, aún les tocaba dejar la bicicleta y ponerse a trepar riscos como cabras. Hay gente para todo.

Total, que regresé a casa igual que había salido de ella, así que, una vez repantigado en mi sillón favorito, le di al mando a distancia de la tele. Estaban retransmitiendo un deporte muy raro que consistía en deslizar sobre el hielo una piedra gorda con asa y hacerla chocar con otras semejantes que se encontraban en un círculo. Mientras un jugador impulsaba el pedrusco, otro par de ellos se dedicaba a barrer furiosamente la pista, según parece para facilitar el desplazamiento del morrillo. Curling, creo que lo llamaban al jueguecito. No entendí nada tampoco, pero por lo menos estaba a cubierto, cómodamente sentado y con un martini al alcance de la mano.

EL CORAZÓN Y LAS TRIPAS

Alimento para el alma… alimento para el cuerpo… El ciclismo, en su vertiente no competitiva, representa para mí ambas cosas. Aquí me podéis ver en pleno esfuerzo, surgiendo de la niebla tras rematar el temible tramo de “La Huesera” en la edición de 2009 de la Clásica Internacional de Los Lagos de Covadonga. La cara de sufrimiento lo dice todo…

(Pinche sobre la imagen para ampliarla)

Clasica Cicloturista Lagos de Covadonga 2009