ENTREVISTA EN ILEON.COM

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VI PREMIO “ANTONIO REYES HUERTAS”

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Mi relato “Una hora más o menos” ha resultado agraciado con el segundo premio en este certamen de Campanario (Badajoz). El cuento se desarrolla en la posguerra española, y el acto central del mismo es la modificación horaria que Franco impuso, adoptando la hora oficial alemana como gesto de simpatía hacia Hitler, dominador por entonces en el conflicto europeo. Un pueblo español, sin embargo, se resiste a aceptar tal cambio, ante la irritación de los prebostes del Movimiento, lo que origina una serie de circunstancias entre trágicas y cómicas.

L CONCURSO LITERARIO CASINO OBRERO DE BÉJAR

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Mi relato “La perversión de las formas” ha resultado ganador del certamen referido. La narración desarrolla la peripecia de un veterano periodista que regresa a España tras un largo autoexilio, para reencontrarse con un panorama lingüístico novedoso, ceñido a nuevas normas político-sociales, a nuevas sensibilidades y correcciones formales que le producen rechazo e incomprensión.

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IV CONCURSO LITERARIO “CAMPO GRANDE”

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Mi relato “Profanación de la simetría” ha obtenido el premio en la cuarta edición del certamen literario “Campo Grande”, organizado por el diario “El Norte de Castilla”. La narración ahonda en dos peculiares profesiones -pocero y deshollinador-, aprovechando las particularidades de ambas actividades para establecer, a través de dos operarios de las mismas, una suerte de estudio sociológico sobre la condición humana, con un inesperado desenlace.

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EL JURADO

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XII PREMIO DE RELATO “ENCARNA LEÓN”

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El relato de mi autoría “El hijo de la Nube” ha quedado entre los cinco finalistas al premio referido, de entre 640 obras procedentes de todas las partes del mundo. El certamen está dotado con un único premio de 6.000 € (que ya sé que no me ha correspondido). Ampliaré información en cuanto la tenga.

(ENLACE A LA NOTICIA)

http://www.elfarodigital.es/melilla/sociedad/118681-elvira-fernandez-gana-con-delirio-en-bronce-el-concurso-encarna-leon.html

PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTOS “MAX AUB”

El relato “El hijo de la nube” de mi autoría, ha resultado finalista del prestigioso Certamen Internacional de Cuentos “Max Aub”, en su edición del año en curso. Desafortunadamente, no llegó a proclamarse vencedor de la convocatoria. Ésta era la tercera vez que una de mis obras accedía a la fase final de este concurso (ediciones de 1989, 2006 y la presente). La narración gira en torno a las supersticiones de una sociedad rural y la desafortunada implicación en las mismas de una madre y su hijo adolescente.

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E.R.E. (microrrelato)

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Aquel acrónimo maldito llevaba tiempo planeando sobre las naves, ensombreciendo la vida de la fábrica bajo su peso terrible. Llegaba, decían, el E.R.E.

A la hora del almuerzo se desataban cada día las cábalas y los rumores.

-Sobramos seis, sobramos siete, ocho, nueve, diez….

Matías conocía a muchos a los que las traicioneras siglas habían barrido del panorama laboral, vomitándolos en las oscuras listas del paro, pero nunca creyó que este nuevo mal le llegara a afectar a él también. La tensión en la factoría era insoportable, por eso a nadie le extrañó que un obrero de los más veteranos apareciera un día aplastado bajo la prensa hidráulica. El pavoroso accidente, lejos de concitar en las mentes de los trabajadores repulsión y horror, sólo fue capaz de inculcar en ellos un único pensamiento: ahora ya sobramos menos.

A la semana siguiente, otro operario apareció muerto en las letrinas y uno más colgado del cuello de las tuberías de ventilación. Ya nadie tuvo duda de que aquello parecía una especie de exterminio dirigido, pero ¿quién podía estar ejecutando semejante barbarie? Parecía claro que los propietarios de la empresa no necesitaban acudir a tan drásticas medidas, toda vez que la ley les apoyaba y les permitiría deshacerse de cuantos obreros quisieran, al amparo del expediente de regulación que ya había sido aprobado.

Así que alguno de aquellos hombretones de manos encallecidas que trabajaban hombro con hombro estaba liquidando a sus propios compañeros como medio de salvaguardar su propio puesto. Se abrió una investigación, se hurgó en las miserables vidas de los operarios, pero nada se pudo aclarar. Al poco tiempo, Matías contempló sobrecogido cómo su propio nombre figuraba en la lista de los “regulados”.

Aquella noche no pudo dormir. Tendido en el jergón miserable que le servía de lecho en el cuchitril donde malvivía, planeaba, escogía, preparaba….

Tal vez Samuel, el de la cadena de reciclaje… Era solterón, eremita, introvertido… poca gente le echaría de menos.

LA HIERBA BAJO LA NIEVE, y otros relatos leoneses

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Belleza humana del marginalismo

La hierba bajo la nieve y otros relatos leoneses. Carlos García Valverde. Prefacio de Máximo Cayón Diéguez. León, 2008. 256 pp.

01/02/2009 NICOLÁS MIÑAMBRES 

No es Carlos García Valverde un bisoño en las tareas literarias. Además de su condición de diseñador gráfico, la larga serie de premios conseguidos avalan su extensa carrera. Por ello, La hierba bajo la nieve , más que una novedad, es una confirmación. El escaparate literario de un largo quehacer creativo.

Los relatos incluidos en el libro tienen como trasfondo el ambiente leonés, lo cual no supone limitación alguna. A fin de cuentas, el tratamiento estético transforma lo local en universal. La lectura de esta larga serie de cuentos hace pensar que predomina la condición marginal de sus personajes, lo cual, más que un desdoro, es un acierto. Hay en primer lugar una marginalidad casi mítica, buscada o impuesta por determinadas circunstancias. La guerra civil, por ejemplo, convierte en personaje marginal a Luis, «El molinero de Carbajosa», pero el noble deporte de los aluches le permitirá redescubrir la nobleza, seca pero profundamente humana, de Benito Morales. Marginal, pero de marginalismo excelso es Lorenzo Valcárcel, «El Negro», símbolo de los últimos pastores trashumantes. Su semblanza será recuperada por el narrador, zagal de niño y ahora estudiante de periodismo en la Complutense. No falta en «Rayo Páramo, C.F.» el mundo del fútbol como espacio de realización de Salus y Manolo Canales, personajes irrepetibles. El paso del tiempo recupera y reafirma en ellos el viejo afecto, algo semejante al desenlace del primer relato del libro. Egregia fue también la personalidad del protagonista de «La granja de los locos», convertido en un ser indefenso y desconocido.

Otra serie de narraciones describen la marginalidad de los humildes, los pobres o los indefensos, seres muy queridos por el inolvidable Ignacio Aldecoa, como recuerda Máximo Cayón. El espíritu del relato «Seguir de pobres», del citado Ignacio Aldecoa, tiene su eco en algunos de los cuentos de Carlos García Valverde. Unas veces será el desarraigo familiar, presente en «Que no nieve al otro lado». Otras será el temor al paso del tiempo, como ocurre en «El regreso». Pero no falta el tempus fugit que descubre un inesperado e intenso sentido del afecto en «La deuda».

No falta la presencia de la muerte, que los personajes reciben de forma diferente. Bien como la profanación de un estilo de vida, en «La muerte del cisne», bien de forma lírica, tal el desenlace de «Ana se comió una nube». No falta el suicidio por desesperación amorosa ni está ausente el desasosiego dramático del proceso hacia el final de la vida, descrito en «El viaje». O el movimiento desconcertante de «La lluvia ascendente». Muy original es el manejo, como motivo y como desenlace de un fruto tan popular como el lúpulo en el relato «Marianella». O una caricatura de la crítica, caricaturizada en «El ladrón de bicicletas».

Lo dicho no es sino un acercamiento al mundo humano y paisajístico, complejo y variopinto, recuperado con gran acierto por Carlos García Valverde.

(Publicado en el suplemento literario “El Filandón” (Diario de León), el 1 de Febrero de 2009)

VIA FERREUM (microrrelato)

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Es una criatura extraña. Durante centurias se le situó, como al minotauro o al unicornio, en el terreno mitológico, y no fue hasta el siglo XIX que George Stephenson pudo demostrar fehacientemente su existencia.

Al igual que el parásito conocido como tenia o solitaria, puede perder de forma segmentada todo o parte de su cuerpo y volver a reproducirse a partir de la cabeza (locomotora), única parte auténticamente vital. Se agrupa en lugares llamados “estaciones”, a donde acude para evacuar, dormir. o alimentarse de grandes concentraciones de organismos, al modo del plancton, llamadas genéricamente “pasaje”, succionándolas a través de una serie de válvulas situadas a lo largo de su cuerpo.

Su piel es coriácea, dispuesta en forma de placas articuladas que le confieren gran movilidad y resistencia. Prefiere moverse en línea recta, y para ello practica, cual algunos roedores, largas galerías en las laderas de las montañas que se interponen en su camino. Se desplaza deslizando un sin fin de extremidades rotatorias sobre una sustancia que él mismo segrega, al igual que los moluscos gasterópodos, como el caracol, pero, a diferencia de dichos invertebrados, el producto que emite no es volátil, sino que se fosiliza y adquiere el carácter de ruta permanente. Esta especie de caminos llamados “railes” pueden verse con frecuencia cruzando campos y ciudades.

Si alguna vez os encontráis con uno de estos ejemplares, no temáis que os engulla, pues al igual que Jonás, volveréis a ser regurgitados tarde o temprano.

EL NEÓFITO (relato)

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La verdad es que he intentado varias veces comprender las farragosas normas que rigen algunos deportes no muy populares por estos pagos, como el béisbol o el rugby, pero dado que la única forma de acercase a tales prácticas deportivas es a través de la pequeña pantalla, y que los locutores que retransmiten dichos eventos parecen contar ya con que todos los espectadores están al cabo de la calle en cuanto a las reglas del juego, y se limitan a la escueta descripción de la acción, sin entrar en disertaciones didácticas sobre el reglamento aplicado, siempre me quedo finalmente “in albis”.

 Cosa parecida me pasa con el ciclismo, a pesar de que su práctica está más extendida en nuestro país que los deportes anteriormente citados, así que no quise desaprovechar la ocasión de que la Vuelta Ciclista pasase por las cercanías de mi pueblo para situarme a pie de arcén y ver de cerca de qué iba realmente todo aquello.

Cuando llegué a la carretera general, por donde se preveía que discurriera la etapa, ya había muchos aficionados festoneando las cunetas en espera de la aparición en lontananza de los esforzados ciclistas. Uno de ellos, situado a mi derecha y que tenía un transistor pegado a la oreja, comentó que había un trío de corredores fugados. No mucho más tarde, tras un aluvión de automóviles y motocicletas, pasaron veloces ante nosotros los tres ciclistas que mi compañero de arcén identificó como los componentes de la fuga. Me pareció un poco tonto que, si lo que pretendían era fugarse, hubieran optado por seguir por la ruta prevista, en vez de abandonar la carretera y echarse al monte o campo a través. ¡Bonita fuga iba a ser aquella, si todos sabíamos dónde estaban!

Un par de minutos después, un jovencito que se encontraba enfrente de mí, encaramado a una señal de tráfico, anunció con gran alborozo que ya se divisaba el grueso del pelotón. Enseguida pasó ante nosotros un grupo numeroso de ciclistas, pero yo no vi ninguno que llevara un balón o pelota y, desde luego, todos estaban bastante flacos, cosa que, por otra parte, tampoco me extrañó, ya que poco antes un señor de bigote que estaba al lado del que tenía el transistor había dicho que, la noche anterior, los ciclistas habían sido visitados por los vampiros. ¡Cómo no iban a estar tan escuchimizados! Menudo cuerpo tendrían los deportistas al día siguiente, después de tan macabra visita.

Al rato pasó una pareja de ciclistas rezagados. El del bigote comentó que el que marchaba detrás iba chupando rueda, pero, aunque observé que, en efecto, llevaba la lengua fuera, en ningún momento vi que se acercara a lamer el neumático, lo que me hubiera parecido muy arriesgado, además de bastante absurdo y escasamente higiénico. Otro espectador comentó que el corredor en cuestión llevaba mucho desarrollo, pero a mí no me lo pareció; en mi opinión, estaba tan esmirriado como los demás.

El de la radio en la oreja, atento a la evolución de la etapa, nos informó que dos corredores del grupo principal acababan de sufrir una caída por haber hecho el afilador. Esto ya me pareció más acorde con el mundo de los pedales, puesto que yo había visto muchas veces en mi pueblo al afilador, efectivamente montado en bicicleta, pero no dejó de chocarme que viajando en un grupo tan compacto de ciclistas y a la velocidad que iban, dos de ellos se pusieran a tocar la armónica y a vaciar cuchillos y tijeras con el evidente peligro que conllevaría ejercer tales actividades y desatender, por tanto, el manejo de la bicicleta.

En lo alto de la cuesta, justo en el cambio de rasante, había una pancarta cruzada de lado a lado de la carretera. Pregunté al bigotudo si eso era la llegada, pero éste me informó que sólo era una meta volante, aunque la verdad, a pesar del viento que batía la lona, yo no vi que volara en ningún momento.

Al cabo, después de que pasara una profusa caravana de coches, camiones, furgonetas y vehículos de toda índole, observé que el público comenzaba a dispersarse, de lo que deduje que nada quedaba ya por ver allí. El del mostacho y el radioescucha aún permanecieron un rato a la orilla del asfalto, charlando animadamente acerca de las incidencias de la Vuelta. Por lo que les oí, al día siguiente todos los ciclistas tenían una prueba contra el Crono. Yo, dada mi ignorancia en asuntos de este deporte, no supe quién era el tal Crono, aunque por su apellido seguro que era foráneo, pero supuse que tendría que ser un auténtico superdotado, si se atrevía a enfrentarse él solo con todo un batallón de corredores. También comentaron que, dos días más tarde, la etapa sería muy propicia para los escaladores, extremo éste que no dejo tampoco de extrañarme sobremanera: o sea, que, por lo visto, si no tenían bastante con esos atracones de pedaleo que se metían para el cuerpo, aún les tocaba dejar la bicicleta y ponerse a trepar riscos como cabras. Hay gente para todo.

Total, que regresé a casa igual que había salido de ella, así que, una vez repantigado en mi sillón favorito, le di al mando a distancia de la tele. Estaban retransmitiendo un deporte muy raro que consistía en deslizar sobre el hielo una piedra gorda con asa y hacerla chocar con otras semejantes que se encontraban en un círculo. Mientras un jugador impulsaba el pedrusco, otro par de ellos se dedicaba a barrer furiosamente la pista, según parece para facilitar el desplazamiento del morrillo. Curling, creo que lo llamaban al jueguecito. No entendí nada tampoco, pero por lo menos estaba a cubierto, cómodamente sentado y con un martini al alcance de la mano.

EL AUTOR INSATISFECHO (relato)

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Nada más entrar en el plató ya me di cuenta de que algo no iba bien. ¿A qué venía ese decorado tan barroco, con tanta profusión de terciopelo rojo, tantos divanes… Por no hablar de esos espantosos murales, llenos de venus, sílfides, efebos y sátiros varios. En mi novela lo decía bien claro: ambiente suburbial, su-bur-bial. Aquello no parecía ni de lejos un garito clandestino de los años de la Ley Seca, y además… ¿dónde estaba la atmósfera sofocante, el humo que, según mi obra, “emborronaba los contornos de muebles y personas”? ¿Dónde ese aire tan denso que “se podría cortar con un cuchillo”? No, si ya me habían advertido que las adaptaciones de aquel directorzuelo dejaban mucho que desear, que le gustaba mucho cambiarlo todo para dejar su impronta. Pero lo aberrante del decorado no fue, con todo, lo peor. Mi indignación alcanzó grados de ebullición cuando aparecieron en escena los dos primeros personajes. Aun considerando que la corbata de lazo que ambos actores lucían podía conferirles cierto aspecto de camareros, el hecho de que tal indumento fuera el único que ostentaban sobre su desarrollada anatomía se apartaba radicalmente del guión original y, además, el objeto que debía aparecer en la mano de uno de ellos era un revólver, no aquel… aquel… ¿qué era eso? Un pepino, que me aspen si no era un pepino.

 Luego, encima, ni el texto concordaba: la frase de entrada tendría que haber sido “parece que habrá jaleo esta noche, Jones”, y sin embargo, uno de aquellos musculitos comenzaba a farfullar no sé qué de lo que iba a hacer con la hortaliza que tenía en la mano.

 Aquello no podía continuar; no estaba de ningún modo dispuesto a que mi reputada novela fuera tergiversada de tal manera, así que decidí interrumpir el rodaje.

 -¡Esto es intolerable! -clamé a voz en grito, sobresaltando al del pepino y a su compañero- ¡No voy a consentir que mi novela “Cuando hablan las armas” se vea alterada de esta guisa! ¡Me niego a que se siga adelante con tamaña farsa!

 -¡Corten, corteeen! -gritó una voz desde la penumbra- Pero… ¿qué hace usted, hombre? ¡En este plató estamos rodando “Dos hombres y un pepino”, para Producciones Satiricón!

 Lo que me faltaba: habían cambiado hasta el título. Como me puse gallito, tuvieron que llamar a un fornido guarda de seguridad para que me desalojara. Una pena, porque tenía cierta curiosidad por ver qué coños hacía finalmente aquel par de mancebos con el dichoso pepino.

EL FONTANERO GALÁCTICO (relato)

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Robert Smithson, futbolista, o por mejor decir, estrella del balompié, se desperezó en su cama de sábanas de seda cuando el sol ya estaba bastante alto. Había decidido –hoy también- saltarse el entrenamiento programado por el equipo; la orgía de la noche pasada le había dejado el cuerpo un tanto revuelto y no estaba dispuesto a ponerse a corretear por el césped, por más que su indisciplina le acarreara la imposición, por parte del club, de una multilla (total, uno o dos milloncejos) que su saneada economía podía, sin lugar a ninguna duda, arrostrar con solvencia.

Como no le gustaba que nadie turbase la paz de su domicilio en tales circunstancias, había dado el día libre a todo el servicio, de manera que le sorprendió la contumacia con que alguien oprimía repetidamente el timbre de la entrada. Malhumorado, saltó del lecho, se puso la bata y acudió a la puerta, seguro de que tal insistencia tenía que responder a un asunto verdaderamente serio; sin embargo, cuando abrió se encontró con un hombre bajito, regordete y desaseado, embutido en un mono azul lleno de manchones y portando una desvencijada caja de herramientas.

-Buenos días. El fontanero –dijo el operario, a modo de escueta presentación.

-¿El fonta… fontaneuro..? –balbuceó Smithson en su pésimo castellano.

-Sí, sí, ya sé que hace más de un mes que me llamaron, pero ¿qué quiere? He tenido mucho trabajo –sacó un mugriento papel del bolsillo trasero y lo consultó con parsimonia-; o sea, que se trata de un grifo que gotea, en la cocina, ¿no es eso?

Obviamente, el astro del deporte no estaba al tanto de la logística doméstica. Un tanto malhumorado, franqueó el paso al fontanero y, más con gestos que con palabras, le indicó dónde estaba la cocina y le dio a entender que se buscase la vida, pero que no le importunase. De todas formas, ya estaba bastante despejado, así que se dirigió al salón principal y se preparó un martini. Mientras paladeaba el combinado, hasta él llegaba como un murmullo la sinfonía de martillazos y chirridos producidos en la cocina por el plomero. De pronto, notó cierta humedad en los pies; bajó la vista y descubrió con estupor que el salón estaba inundándose. Siguiendo la procedencia del agua, llegó hasta la cocina, donde el del mono azul se afanaba ya en recoger sus herramientas. Al verle entrar en la pieza, el hombrecillo sacudió la cabeza como con resignación.

-Lo siento, jefe, no ha podido ser. Este grifo no tiene arreglo y, para colmo, al intentar repararlo, ya ve lo que ha pasado –dijo, señalando un boquete en los azulejos del que manaba el agua a borbotones.

-Pero… pero… -comenzó a farfullar Smithson- ¿cómo va a dejarme la casa en este estado?

-Qué quiere, amigo, la fontanería es así… Unas veces se arregla y otras veces no se da con la matadura… Hay que tener paciencia y esperar tiempos mejores. Y, sobre todo, no perder la confianza en la profesión.

El futbolista no conseguía salir de su asombro.

-¡No puede usted marcharse así, por las buenas! ¡Le voy a denunciar, le voy a meter un paqueta!

-Paquete, se dice paquete –corrigió el operario-; bueno, está en su derecho, aquí tiene la factura. Son ciento veinte euros.

-¿Ciento veinte euros por no hacer NADA?

-Hombre… es la tarifa normal. Dese cuenta de que, si llego a reparar la avería, le hubiera costado ciento veinte más, en concepto de prima.

-¡No pienso pagar nada de nada! ¿Usted cree que yo ser tonto?

El plomero esbozó una sonrisa, depositó calmadamente la caja de herramientas en el encharcado suelo y se encaró con el jugador.

-¿Y usted cree que somos tontos nosotros, la afición? Cobráis sueldos multimillonarios, vivís a cuerpo de rey y, cuando se os pide que déis la talla en el campo, falláis estrepitosamente. Luego, toda vuestra justificación es que “el fútbol es así”, que unas veces se gana y otras se pierde, y que hay que mantener la esperanza y ratificar la confianza en el equipo… Para colmo, cuando conseguís meter el pelotón en la red contraria, os falta tiempo para exigir primas astronómicas, como si no estuviérais suficientemente pagados.

Robert Smithson permanecía absorto. El fontanero remató la faena.

-Le parece normal, ¿no? Pues eso es, más o menos, lo que ha pasado hoy aquí. No he podido arreglar nada, así que me tendré que conformar con cobrar la factura pelada, sin extras; nadie puede exigirme resultados, porque yo he “sudado el mono” intentándolo. Precisamente vengo de una casa donde hubo más fortuna y pude instalar cinco grifos: una “manita” –dijo, agitando en el aire una de sus callosas manazas- pero aquí, lo dicho, no ha habido suerte.

Dicho esto, dejó al perplejo deportista con el agua por los tobillos y se dirigió a la salida.

-¡Ah! Se me olvidaba… -voceó ya desde la puerta-; aquí le queda esto, yo ya no lo voy a necesitar más.

Sacó de un bolsillo interior una pequeña tarjeta plastificada y la arrojó con rabia contra el suelo.

El carné del club de fútbol, como un barquito a la deriva, quedó flotando sobre el agua que estaba empezando a echar a perder el parqué.